
La Copa Mundial de fútbol no es una empresa cualquiera. No nació como un producto financiero, no pertenece a un fondo de inversión y tampoco debería convertirse en una cartera de activos negociable en los grandes salones de Wall Street. Sin embargo, el presidente de la FIFA (quizás futuro Secretario General de la ONU) Gianni Infantino pretende llevar la competición más importante del planeta hacia un territorio peligroso: la entrada directa del capital privado en su gestión comercial.
La propuesta contempla la creación de FIFA Forward Enterprise, una filial que concentraría los derechos de transmisión, patrocinios, entradas, licencias y la organización comercial de torneos como la Copa Mundial masculina, femenina y el Mundial de Clubes. La FIFA conservaría, al menos formalmente, la mayoría y el control de la compañía, mientras inversores externos adquirirían participaciones minoritarias.
Sobre el papel, Infantino habla de modernización, desarrollo y democratización del fútbol. En la práctica, estamos ante el comienzo de una privatización progresiva del Mundial.
Un negocio valorado en 20 000 millones
La nueva empresa partiría de una valoración cercana a los 20 000 millones de dólares y buscaría captar miles de millones mediante la venta de acciones a inversionistas privados. JP Morgan actuaría como asesor financiero, mientras Thrive Eternal, vinculada a Joshua Kushner, encabezaría el grupo inversor.
La FIFA insiste en que los socios privados no tendrían poder sobre las decisiones deportivas. Esa promesa, sin embargo, resulta difícil de creer. Ningún fondo coloca miles de millones de dólares en una compañía para comportarse como un espectador. El capital siempre exige rentabilidad, crecimiento y nuevas fuentes de ingresos.
Eso significaría más partidos, torneos, formatos ampliados, calendarios saturados y una presión creciente para celebrar competiciones con mayor frecuencia. La posible expansión del Mundial a 64 selecciones y las especulaciones sobre reducir el intervalo de cuatro años encajan perfectamente en esa lógica.
Cuando la rentabilidad se convierte en la prioridad, el fútbol deja de organizarse pensando en jugadores y aficionados. Se planifica para responder a accionistas.
La oposición de las confederaciones no basta
La UEFA ha reaccionado con dureza. Su argumento es correcto: la FIFA administra el fútbol mundial, pero no es su propietaria. El alma, la historia y el valor social del Mundial no pueden venderse como si fueran acciones de una multinacional.
También han mostrado resistencias desde Conmebol, Concacaf y otras confederaciones. Los clubes europeos podrían amenazar con no ceder a sus futbolistas, mientras FIFPRO volvería a denunciar un calendario que ya lleva a algunas figuras a disputar entre 75 y 85 partidos por temporada.
Sin embargo, la gran debilidad de esa oposición está en el sistema político de la propia FIFA. En el Congreso no votan las confederaciones como bloques. Vota individualmente cada una de las 211 federaciones nacionales y todas tienen el mismo peso, sin importar su historia, población, nivel competitivo o influencia económica.
El voto de Alemania vale exactamente lo mismo que el de una pequeña federación del Caribe, África u Oceanía.
Infantino ha entendido como pocos esa aritmética. Su propuesta permitiría que cada federación accediera a un paquete de capital de hasta 20 millones de dólares para financiar estadios, centros de entrenamiento y otros proyectos de desarrollo.
Para las grandes asociaciones europeas, esa cifra puede resultar importante, pero no decisiva. Para decenas de federaciones con presupuestos mínimos, instalaciones deficientes y escasos ingresos comerciales, representa una cantidad extraordinaria.
Ahí está la verdadera fuerza de la iniciativa. Infantino no necesita convencer a la UEFA, a la Conmebol o a Concacaf como instituciones. Solo necesita sumar, una por una, las federaciones suficientes para alcanzar la mayoría.
Por eso creo que terminará imponiendo su proyecto. Habrá comunicados, reuniones de emergencia, amenazas de boicot y duras críticas públicas. Pero cuando llegue el momento de votar, la promesa de 20 millones de dólares pesará más que muchos discursos sobre la defensa del fútbol.
La FIFA presentará la operación como una revolución para financiar el desarrollo mundial. En realidad, habrá encontrado la fórmula perfecta para comprar consenso sin llamarlo compra: distribuir una parte del negocio entre quienes deben autorizar su privatización.
Infantino probablemente ganará la votación. El problema es que, cuando lo haga, el Mundial comenzará a pertenecer menos al fútbol y mucho más a quienes puedan pagar por él.

Infantino y su tropa son unos hijo de Trump; acabarán el deporte por el dinero