
La crisis que acaba de estallar en la Federación Internacional de Ajedrez no se resolverá moviendo una sola pieza. La inclusión de Arkady Dvorkovich en el nuevo paquete de sanciones de la Unión Europea ha obligado al dirigente ruso a suspender temporalmente sus funciones como presidente de la FIDE y ha colocado a Viswanathan Anand al frente del organismo en uno de los momentos más delicados de su historia reciente.
Dvorkovich no ha renunciado formalmente. Continúa siendo presidente, pero ha transferido sus poderes y responsabilidades mientras permanezca sujeto a las restricciones europeas y suizas. En su comunicado calificó las sanciones de “ilegales e injustas” y anunció que las impugnará por las vías legales disponibles. Sin embargo, reconoció que mantener el control ejecutivo podía obstaculizar el funcionamiento financiero e institucional de la federación.
La decisión puede interpretarse como una retirada provisional, aunque políticamente se parece mucho al final de una etapa.
El peso de la relación con el Kremlin
La Unión Europea sostiene que Dvorkovich utilizó su posición al frente de la FIDE para respaldar políticas rusas que amenazan la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. También recuerda su pasado como vice primer ministro de Rusia y su vinculación con la Federación Rusa de Ajedrez.
Durante sus ocho años de mandato, Dvorkovich consiguió modernizar varias estructuras de la FIDE, atraer nuevos patrocinadores y fortalecer el calendario competitivo. También fue reelegido en 2022 junto a Anand por una diferencia abrumadora de 157 votos contra 16.
No obstante, su presidencia nunca pudo escapar de la sombra política rusa. Esa contradicción ha terminado por alcanzar un punto insostenible.
La llegada de Viswanathan Anand a la presidencia interina no debe verse como un simple trámite administrativo. El cinco veces campeón mundial posee prestigio, experiencia y una autoridad moral difícil de discutir dentro del ajedrez.
Su desafío será demostrar que puede gobernar y no solo representar.
Anand deberá garantizar la estabilidad económica de la FIDE, preservar sus relaciones con federaciones, organizadores y patrocinadores, y evitar que la institución quede atrapada en una batalla entre bloques geopolíticos. La FIDE agrupa a más de 200 federaciones nacionales y regula las principales competiciones internacionales, por lo que cualquier parálisis tendría consecuencias globales.
Al mismo tiempo, el dirigente indio tendrá que actuar con independencia respecto a Dvorkovich. Si se limita a custodiar el cargo hasta un eventual regreso del ruso, su liderazgo nacerá condicionado. Si impulsa decisiones propias, podría convertirse en una alternativa real para el futuro.
Una elección que cambia por completo
La crisis estalla cuando la FIDE se dirige hacia sus elecciones presidenciales, previstas para los días 26 y 27 de septiembre durante el Congreso de la organización y la Olimpiada de Ajedrez de Samarcanda, Uzbekistán. Las candidaturas deben presentarse antes del 26 de julio, por lo que la composición definitiva de la carrera todavía puede variar.
Antes de recibir las sanciones, Dvorkovich preparaba su candidatura para un tercer mandato acompañado por el empresario kazajo Timur Turlov.
Ahora su candidatura queda en suspenso. Las prohibiciones de viaje, las restricciones financieras y el bloqueo de activos dificultarían su participación en actividades europeas y sus relaciones con patrocinadores, bancos y federaciones. Su equipo deberá decidir si mantiene al dirigente ruso al frente de la fórmula o busca una sustitución de última hora.
Frente a él aparece el empresario alemán Jan Henric Buettner, impulsor de Freestyle Chess, acompañado por el maestro internacional británico Malcolm Pein. Su proyecto se presenta como una alternativa basada en mayor transparencia, independencia institucional y protagonismo de las federaciones nacionales.
También compite Wadim Rosenstein, otro empresario alemán vinculado a la organización y financiación de los Campeonatos Mundiales por Equipos de Rápidas y Blitz. Rosenstein apuesta por el crecimiento comercial, la captación de patrocinadores y la creación de nuevos formatos competitivos. Buettner y Rosenstein representan dos modelos empresariales diferentes, pero ambos intentan convencer a los delegados de que la FIDE necesita reducir su dependencia de los antiguos bloques de poder.
El cuarto nombre es Kirsan Ilyumzhinov, presidente de la federación entre 1995 y 2018. Su regreso resulta tan inesperado como polémico. Su prolongado mandato estuvo marcado por una fuerte personalización del poder, conflictos de gobernanza y sanciones estadounidenses que terminaron debilitando su capacidad para dirigir la organización.
Más que una renovación, Ilyumzhinov representa el retorno de una etapa que la FIDE parecía haber dejado atrás. Paradójicamente, su presencia también recuerda que esta no es la primera vez que las sanciones internacionales obligan a un presidente de la federación a apartarse de sus funciones.
La neutralidad ya no basta
La campaña de Samarcanda no girará solamente alrededor de presupuestos, torneos o programas de desarrollo. La pregunta central será mucho más incómoda: ¿puede una federación verdaderamente global estar dirigida por alguien que no puede operar con normalidad en buena parte de Europa?
El ajedrez lleva décadas defendiendo la idea de que el tablero puede funcionar como un puente entre países enfrentados. Esa aspiración continúa siendo válida, pero la neutralidad deportiva no puede convertirse en indiferencia ante el derecho internacional.
Dvorkovich todavía conserva el título. Anand posee ahora el poder ejecutivo. Buettner, Rosenstein e Ilyumzhinov buscan aprovechar el nuevo escenario. La partida decisiva, sin embargo, no se jugará únicamente entre esos nombres.
Será una confrontación entre la vieja FIDE, marcada por liderazgos personalistas y conexiones políticas, y una organización que necesita demostrar que el ajedrez mundial está por encima de los intereses de cualquier gobierno.
