
No compro la teoría de que la FIFA ha llevado de la mano a Argentina hasta la final de la Copa Mundial 2026. No la compro porque, cuando se revisa el torneo con serenidad y no desde la rivalidad emocional que rodea a Lionel Messi, los hechos muestran otra cosa: Argentina está en la final, contra España, porque supo competir, resistir y resolver partidos que podían haberla dejado fuera.
Las acusaciones de favoritismo crecieron después del encuentro contra Egipto. Hubo decisiones arbitrales discutidas, protestas del técnico Hossam Hassan y una narrativa inmediata en redes sociales que presentó la clasificación argentina como el resultado de una supuesta operación de la FIFA. Sin embargo, una decisión polémica no demuestra una conspiración. Mucho menos invalida todo el recorrido de una selección. Los egipcios deberían recordar que, a falta de 11 minutos para el final, ganaban 2-0. Si permitieron 3 goles en menos de 15 minutos, nada tuvo que ver Gianni Infantino.
Argentina no escogió a sus rivales
Uno de los argumentos más repetidos es que Argentina tuvo un camino demasiado sencillo en el torneo. Se mencionan Cabo Verde, Suiza y Egipto como si la selección de Lionel Scaloni hubiera diseñado personalmente el cuadro.
Argentina no es responsable de los fracasos ajenos.
En la ronda de 32 no debía encontrarse originalmente con Cabo Verde. El rival esperado era Uruguay. Pero Uruguay no clasificó. A partir de ahí, el cuadro fue modificándose por los resultados que se produjeron en el terreno. Las selecciones favoritas que no cumplieron dejaron su lugar a equipos que sí hicieron los méritos necesarios para avanzar.
¿Debía Argentina negarse a jugar contra Cabo Verde porque Uruguay había quedado eliminado? ¿Tenía que disculparse por enfrentar a selecciones que sorprendieron a rivales teóricamente superiores?
En un Mundial no se compite contra los nombres que el público desea, sino contra los equipos que sobreviven.
Antes de la semifinal, muchos aseguraban que Argentina todavía no había enfrentado a un rival verdadero. Inglaterra, cuarta del ranking mundial, aparecía como la prueba definitiva. Algunos esperaban la eliminación argentina para confirmar una teoría construida desde antes del torneo.
Argentina ganó 2-1. Remontó. No necesitó tiempo suplementario. No fue favorecida por una decisión escandalosa. Simplemente compitió mejor en los momentos decisivos.
Entonces el argumento volvió a cambiar. Ya no era que Argentina no había derrotado a nadie importante. Ahora había que buscar otra explicación para justificar lo que algunos se resisten a reconocer.
Una selección que nunca se entrega
Yo veo a un equipo con enorme talento, pero también con una resiliencia extraordinaria. Argentina llegó al torneo con dudas, lesiones y jugadores veteranos. Aun así, volvió a construir una campaña de finalista.
Messi tiene 39 años y sigue siendo decisivo. Pero reducir todo a su figura también sería injusto. Argentina es una estructura colectiva, un grupo que entiende cómo sufrir, cómo adaptarse y cómo responder cuando el partido se complica.
No le han regalado nada. Ha ganado sus partidos. Ha superado momentos críticos contra Cabo Verde, Suiza e Inglaterra y ha demostrado, otra vez, que sabe jugar bajo una presión que aplastaría a muchas selecciones.
Argentina es justa finalista del Mundial 2026. No por la FIFA, no por los árbitros y no por una conspiración. Está ahí porque tiene fútbol, carácter y una capacidad competitiva que sus detractores podrán cuestionar, pero que nadie ha conseguido derribar dentro del terreno.
