Los días de gloria de la Liga Cubana de béisbol

Almendares y Habana, la gran rivalidad de la Liga cubana
Almendares y Habana, la gran rivalidad de la Liga cubana

La Liga profesional de béisbol cautivó la atención por más de 80 años de todos los amantes a la pelota en Cuba. En realidad la Liga siempre se jugó en La Habana, con algunas excepciones como Matanzas o Santa Clara, pero gracias a las transmisiones radiales y luego a la televisión, una persona de Oriente podía ser perfectamente un fanático de los azules del Almendares o los Rojos del Habana.

Entre las 74 temporadas de la Liga, la más espectacular de todas fue la de 1946-1947, cuando los dos rivales de siempre, Almendares y Habana, se enfrentaron por tres días consecutivos para decidir al campeón. Esos partidos mantuvieron en vilo no solo a la capital y marcaron un hito en el béisbol cubano.

La temporada de 1946-47 marcó una división en el béisbol cubano. Importantes acontecimientos tuvieron lugar en ese período de tiempo: hubo cambio de estadio, se produjo una gran discusión entre los magnates del béisbol y se incrementaron las sanciones del Béisbol Organizado norteamericano contra los peloteros que tomaban parte en la Liga Mexicana.

El béisbol en Cuba reportaba cada día más dinero y, por tanto,  los dueños de equipos y promotores del béisbol profesional, deseaban incrementar sus ganancias a toda costa y eso pasaba, en primer lugar, por tener un estadio más amplio y moderno. Por décadas la Liga se había jugado en el viejo estadio de La Tropical, propiedad del multimillonario Julio Blanco. El recinto había sido construido para los Juegos Centroamericanos de La Habana, en 1930; sin embargo, una década después resultaba anticuado y poco funcional. Sus gradas apenas acogían a 15 mil personas, mientras los promotores aspiraban a por lo menos 30 mil capacidades para el público.

Blanco no estuvo de acuerdo con las ideas de un grupo de empresarios y no se dejó intimidar por la amenaza de un nuevo estadio. Entonces Bobby Maduro, Miguel Suárez y Emilio de Armas lideraron a los inversionistas que proyectaron el Gran Stadium del Cerro, una instalación más amplia y lógicamente moderna. Hacia allí se trasladó la Liga profesional cubana. Julio Blanco había perdido una batalla, pero no la guerra.

Julio Blanco decidió crear la Liga de la Federación, un torneo paralelo a su rival, también con cuatro equipos, con los mismos colores en el uniforme que los de la Liga, aunque no con los mismos nombres, por problemas legales. Esta Liga logró firmar a algunos peloteros importantes; pero la gran mayoría se mantuvo con sus selecciones originales.

La temporada de 1946-47 de la Liga profesional cubana contó con la ya clásica presencia de cuatro equipos, dirigidos en esta ocasión por glorias del béisbol, como Miguel Ángel González, quien desde 1938 era el dueño del Habana.  Otro patriarca, Adolfo Luque, era el mentor de los Alacranes de Almendares; mientras el jugador cubano más completo de todos los tiempos, Martín Dihigo, estaba al mando de los Elefantes de Cienfuegos. Por último, Armando Marsans, quien junto a Rafael Almeida fueron los primeros peloteros cubanos en jugar en un equipo de las Mayores, recibió la responsabilidad de liderar a los Tigres de Marianao.

Desde el mismo comienzo los Leones del Habana comenzaron delante en la tabla de posiciones. El equipo de Miguel Ángel contaba con un gran cuerpo de picheo, con el zurdo Manuel Cocaína García como su principal carta de triunfo.

Además de Cocaína García, el Habana contaba con otros dos lanzadores cubanos, Lázaro Medina y Natilla Jiménez. El resto del staff lo conformaban tiradores norteamericanos, entre ellos el ya famoso Fred Martin.

La alineación de los Leones estaba conformada por peloteros cubanos y estadounidenses. En los jardines destacaban el controvertido Pedro “Perico” Formental y Alberto “Sagüita” Hernández. El cuadro era liderado por Lou Klein, en tercera, y Hank Thompson en el campo corto.

Los grandes rivales de los Leones, el Almendares, comenzó a media máquina y su repunte se inició a mediados de diciembre cuando lograron el traspaso del zurdo norteamericano Max Lanier, proveniente del Marianao. A partir de ahí, los Alacranes del Habana Perfecto, como también llamaban a Adolfo Luque, descontaron poco a poco la diferencia con los Leones.

Luque tenía un equipo más ofensivo, con Santos “El Canguro” Amaro y Roberto Ortiz en los jardines, y una magnífica defensa con Héctor Rodríguez en la tercera base y Avelino Cañizares como torpedero, detrás del home estaba Andrés Fleitas.

En el cuerpo de lanzadores del Almendares destacaban dos zurdos: Lanier y Agapito Mayor. A ellos se unían los derechos Lázaro Salazar, conocido como “El Príncipe de Belén”, Tomás de la Cruz y los estadounidenses Gaines y Jessup. Para el final de la temporada, Luque adicionó a su staff a Conrado Marrero, quien ya había visto pasar sus mejores años, aunque todavía tenía suficiente calidad para dominar a los bateadores, al menos como relevista.

El Almendares recortó la diferencia de más de seis juegos y para la última semana del torneo, la distancia entre los dos rivales era de apenas 1,5. Los tres partidos finales entre Leones y Alacranes decidirían al nuevo campeón.

El sábado 22 de febrero de 1947 el zurdo Max Lanier agregó mayor emoción al campeonato después de derrotar a los Leones por cuatro a dos. La pésima defensiva habanista sacó de paso a Natilla Jiménez quien lanzó bien, pero los cinco errores de su equipo decidieron el partido. Ahora los Rojos apenas lideraban el torneo por medio juego.

Al día siguiente, en un partido muy polémico, otro zurdo azul, esta vez Agapito Mayor, dominó una vez más a la ofensiva habanista y los Alacranes saltaron al primer lugar luego del cerrado triunfo de dos por una. Fred Martin fue un gran rival de Mayor.  Una desafortunada jugada en el jardín derecho del habanero Carlos Blanco permitió que el simple jit de Andrés Fleitas se convirtiera en un triple que resultó clave para el marcador final.

En solo dos jornadas el Almendares había cambiado por completo la historia después de casi 4 meses y medio de competencia. A los Azules les quedaba solo un juego, mientras el Habana tenía dos pendientes. Un nuevo triunfo de los Alacranes les daría el triunfo, una victoria del Habana implicaría mayor tensión para la última fecha, contra los Elefantes del Cienfuegos.

El martes 25 de febrero de 1947 el béisbol era el tema de conversación en todo el país. ¿Quiénes serían los abridores? Miguel Ángel González optó por Lázaro Medina, mientras por los Leones, Luque eligió a Max Lanier, con solo 48 horas de descanso. En realidad, Lanier no quería lanzar con tan poco tiempo; sin embargo, un cheque de mil dólares de los propietarios del Almendares, quienes eran un grupo de acaudalados hombres de negocios, encabezados por Julio Sanguily, fue una razón en extremo convincente y Lanier se encaramó en la lomita del Gran Stadium del Cerro.

Más de 30 mil personas asistieron al decisivo encuentro. Los habaneros fueron visitadores. Contra la mayoría de los pronósticos, el juego del 25 de febrero no tuvo toda la emoción que de él se podía esperar. La ofensiva de los Alacranes cayó con rapidez sobre los envíos de Medina y anotó una carrera en el tercer capítulo y agregó otras tres una entrada más tarde. Esas anotaciones decidieron el partido. Los habaneros cerraron un poco el marcador en el octavo con dos anotaciones, pero los del Almendares remataron con 5 carreras en la parte baja de ese inning para sellar el definitivo 9 por 2.

Con dos outs en el noveno, Max Lanier ponchó al emergente Cocoliso Torres y desató la alegría entre todos los seguidores del Almendares que se habían dado cita en el estadio. La euforia se extendió por toda la capital y llegó a varias regiones del país.

Los fanáticos azules se lanzaron al terreno para abrazar a los nuevos héroes. La policía tuvo que escoltar hasta el dogout a Lanier, pues demasiadas personas intentaban sujetar al hombre que había dominado dos veces en tres días a los Leones.

Otros fanáticos se dirigieron hacia el jardín central, arriaron la bandera del antiguo campeón, Cienfuegos, y en su lugar izaron una enorme bandera azul, con un alacrán en el medio. El símbolo y el color de los nuevos campeones del béisbol profesional cubano ondeaban sobre el Gran Stadium del Cerro.

Miguel

Periodista, profesor univeristario. Bloguero empedernido