Discriminaciones olímpicas

Una de las frases más conocidas del movimiento olímpico, identificada como su credo, explica que lo más importante de los Juegos no es ganar, sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo, sino la lucha.

Este mensaje tan positivo ha sufrido cambios en el tiempo y se le han agregado o quitado palabras; sin embargo, la idea se mantiene y su creación es atribuida al Arzobispo del centro de Pennsylvania, Ethelbert Talbot, quien pronunció la frase durante un servicio religioso a los atletas, en los Juegos de Londres, en 1908. Pierre de Freddy, el Barón de Coubertin, escuchó las palabras del Arzobispo y a partir de ese momento las citó como credo.

Pero en la centenaria historia de los Juegos Olímpicos se guardan múltiples ejemplos que demuestran cómo el espíritu bajo el cual fueron restauradas las citas estivales, después de un olvido de 1500 años, no ha sido cumplido en su totalidad y no todos los atletas ni países han tenido las mismas oportunidades.

La discriminación olímpica comenzó en los Juegos de la Antigüedad. En las más de 290 ediciones de las citas, iniciadas en el 776 a.n.e, se prohibió la participación de las mujeres y en los estadios solo se permitía la presencia de las solteras, quizás porque los deportistas estaban completamente desnudos.
En la primera edición de las Olimpiadas modernas, celebradas en Atenas, en 1896, entre los 245 participantes, no hubo ninguna mujer. Incluso, el Barón de Coubertin, un hombre con indudables méritos históricos, criticó la presencia de las mujeres en los Juegos porque, según su criterio, el físico de las chicas no estaba preparado para el deporte.

No obstante las personas opuestas a su presencia, ellas persistieron y lograron dejar atrás los prejuicios de la época. Su lucha fructificó y ya en 1900, en París, participaron las primeras nueve atletas, un número que iría creciendo hasta sobrepasar las cuatro mil en las últimas dos Olimpiadas.

Los problemas no terminaron ahí. Durante los Juegos de San Luis, en 1904, los organizadores “crearon” los tristemente célebres “Días Antropológicos”. Detrás de esa denominación se escondió uno de los mayores actos de segregación de todos los tiempos. Los “Días…” consistieron en diversas competencias, efectuadas de forma paralela a los Juegos, en las que intervinieron personas “inferiores”, es decir, de acuerdo con los retrógrados conceptos de los que pagaron aquella Olimpiada, los negros, mestizos, judíos y enanos.

En los Juegos de Berlín, en 1936, continuaron los ejemplos de discriminación. La svástica nazi estuvo en todas los instalaciones, aunque ni siquiera este símbolo, uno de los más odiados de la historia, intimidó al atleta negro Jesse Owen. Con el dictador Adolf Hitler en las tribunas, Owen venció en la prueba del salto de longitud al alemán Lutz Long y luego adicionó otros tres títulos para convertirse en el atleta más destacado de la cita. Las victorias no fueron bien recibidas por la alta cúpula nazi y el Führer abandonó el estadio para evitar el estrechó de manos con el campeón norteamericano.

La discriminación también se ha extendido a las pugnas por la sede de los Juegos. En los más de 100 años de Juegos modernos, estos nunca han tocado el continente africano; mientras América Latina solo vivió la experiencia de México, en 1968. No es un secreto que los costos en la organización se dispararon en las últimas dos décadas y hoy el presupuesto de cada Olimpiada sobrepasa, sin muchos problemas, los seis mil millones de dólares. El Comité Olímpico Internacional también ha elevado los estándares para otorgar la sede y solo las naciones con un mayor nivel de desarrollo pueden darse el lujo de optar por unos Juegos. Ante estas realidades, tal vez los “Días Antropológicos” luzcan solo como parte de un recuerdo que, de seguro, muchos preferirían olvidar; pero la discriminación todavía persiste, aunque se disfrace de motivos económicos. 

Publicado en Habana Radio

Miguel

Periodista, profesor univeristario. Bloguero empedernido