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Patriots vs. Seahawks: la herida abierta que vuelve a sangrar en el Super Bowl LX

Hay imágenes que no envejecen. Tom Brady saltando eufórico en la banca. Pete Carroll con la mirada perdida. El balón volando hacia la zona de anotación y la intercepción de Malcolm Butler que congeló el tiempo. La única vez que New England Patriots y Seattle Seahawks se enfrentaron en un Super Bowl dejó una de las decisiones más discutidas en la historia de la NFL: lanzar con Marshawn Lynch en el backfield. El pase fue interceptado y el título se fue a Nueva Inglaterra. Seattle, que venía de aplastar a Denver un año antes, se quedó a centímetros de la gloria.

Once años después, la historia se reescribe. Mismos escudos, contexto distinto. Y una sensación incómoda para Seattle: las heridas mal cerradas siempre reaparecen.

Seattle Seahawks, el mejor equipo de la NFC

La versión 2026 de los Seahawks no necesita nostalgia para validarse. Fue el equipo más completo de la Conferencia Nacional y lo confirmó en playoffs. Defensa agresiva, identidad clara y una ejecución que recordó —sin copiar— aquella era dominante que aterrorizó a la liga.

Seattle llega al Super Bowl LX como favorito lógico. No por marketing ni por memoria, sino por rendimiento. Ganó cuando tuvo que ganar, supo cerrar partidos apretados y mostró algo fundamental en enero: temple. En la final de la NFC no se desordenó ni cuando el partido se volvió caótico ante los Rams. Ese control emocional es clave cuando el rival al frente sabe jugar finales como pocos.

Además, esta versión de Seattle parece haber aprendido del pasado. No vive prisionera de la jugada de 2015, pero tampoco la ignora. Está ahí, como advertencia silenciosa.

New England Patriots, nadie los vio venir… y ahí está el peligro

Si Seattle representa la solidez, los Patriots encarnan la sorpresa. Absolutamente nadie los tenía en el Super Bowl al comenzar la temporada. Hubo dudas incluso sobre si llegarían a playoffs. Pero la llegada de Mike Vrabel cambió el ADN del equipo.

No hay un mariscal espectacular. No hay fuegos artificiales ofensivos. Hay disciplina, lectura del juego y una defensa que aparece en los momentos críticos. No es casualidad que New England esté aquí. Es consecuencia.

En la final de la AFC, muchos esperábamos otra cosa. Denver jugaba en casa. El frío era factor. Y aun sin su mariscal titular, parecía que los Broncos podían inclinar la balanza. Pero entonces llegó la cadena de decisiones cuestionables de Sean Payton, especialmente jugársela en 4 y 1. Un gol de campo hubiera puesto el partido 10-0. No lo hizo, corrió el riesgo…y los Broncos no anotaron más. Una de las peores decisiones de su carrera.

La lesión de Bo Nix fue un golpe duro. Jarrett Stidham no estuvo a la altura, pero aun así Denver pudo ganar ese partido. No lo hizo. Y en la NFL, cuando no cierras, alguien más cobra.

New England lo hizo. Con paciencia. Con defensa. Con errores mínimos. Y con un sello que recuerda demasiado al pasado: ganar sin dominar, pero dominando el marcador.

Ese es el tipo de equipo que nadie quiere enfrentar en un Super Bowl.

El peso del pasado, la tensión del presente

Para Seattle, este partido es algo más que una final. Es una revancha sin declararlo. Para New England, es la confirmación de que su identidad —aunque con otros nombres— sigue intacta.

No habrá Brady. No estará Belichick. Tampoco Rusell Wilson ni Carroll. Pero la esencia está ahí. Un equipo que fue marcado por una decisión y otro que construyó dinastías castigando errores ajenos.

El Super Bowl LX no promete fuegos artificiales constantes. Promete tensión. Promete ajedrez emocional. Y promete recordarnos por qué esa jugada en la yarda uno sigue persiguiendo a Seattle… y por qué los Patriots siempre parecen saber exactamente cuándo atacar.

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