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Messi y Cristiano, dos despedidas opuestas

Lionel Messi se despidió de Argentina como probablemente había soñado alguna vez, aunque durante muchos años pareciera imposible. Más de 85.000 personas llenaron el Monumental, Argentina derrotó 3-0 a Benín y Messi puso su firma hasta en la última página: un gol, dos asistencias, lágrimas y una vuelta al estadio acompañado por su familia y sus compañeros. Terminó su historia con la selección con 208 partidos, 126 goles y 70 asistencias.

Ese mismo día, Cristiano Ronaldo decidió explicar por qué había abandonado la concentración de Portugal.

La coincidencia me parece extraordinaria porque permite observar, casi simultáneamente, dos maneras completamente diferentes de enfrentarse al final.

Messi se fue cuando todos querían que siguiera

Messi lloró antes del partido, durante el himno y después. Cuando tomó el micrófono reconoció que estaba viviendo “el día más triste” de su carrera y dijo que dejar de acudir a la selección sería un dolor enorme. Había algo muy auténtico en esas palabras porque no necesitaba reclamar absolutamente nada.

Argentina había preparado su despedida. Sus compañeros la aceptaron. Los aficionados la convirtieron en una celebración nacional. Y Messi respondió jugando.

Asistió a Nicolás Otamendi, volvió a asistir para el gol de Nico Paz y marcó de penal el último de sus 126 tantos con Argentina. Hasta en una noche construida para homenajearlo terminó haciendo lo que había hecho durante más de dos décadas.

Para mí, Messi es el mejor futbolista de la historia. Pero hay algo en este final que trasciende cualquier discusión sobre quién fue mejor. Supo irse.

Eso tampoco fue sencillo para alguien que durante tantos años cargó con Argentina sobre los hombros y que alguna vez, en 2016, abandonó la selección derrotado y frustrado. Diez años después se marcha campeón mundial, dos veces campeón de América y completamente reconciliado con un país que alguna vez llegó a cuestionarlo.

Cristiano decidió explicar su verdad

Mientras Argentina despedía a Messi, Cristiano Ronaldo publicó un comunicado larguísimo para contar “su verdad” sobre el conflicto con Jorge Jesus.

Su versión contiene elementos que merecen ser escuchados. Cristiano asegura que existía un plan acordado con el seleccionador para gestionar sus minutos, que Jesus posteriormente le dijo que jugaría media hora contra Noruega y que, después de tenerlo calentando durante buena parte del encuentro, nunca lo hizo entrar.

Según Cristiano, después ambos acordaron explicar públicamente lo sucedido. Afirma que Jesus tampoco cumplió esa segunda promesa y que entonces decidió marcharse de la concentración.

Puedo entender su enfado. Lo que sigo sin poder justificar es la decisión.

Cristiano era el capitán de Portugal. A los 41 años, después de casi 25 temporadas como internacional, abandonar una concentración porque se rompe la confianza con el entrenador sigue siendo una reacción impropia de alguien con su experiencia y su responsabilidad.

Al menos reconoció el error. Pidió disculpas a los aficionados y a sus compañeros y fue incluso más lejos: pidió que la Federación Portuguesa valore su conducta y lo sancione sin atenuantes.

El comunicado también deja preguntas incómodas para la Federación Portuguesa.

Cristiano asegura que el propio presidente de la FPF le pidió después del Mundial que continuara y hasta consultó con él la posible elección de Jorge Jesus. También relata conversaciones sobre planes específicos de utilización y reuniones posteriores para administrar públicamente la crisis.

Aquí Portugal tiene un problema institucional. Cristiano Ronaldo merece respeto por todo lo que significa para el fútbol portugués. Pero ningún futbolista puede ocupar un espacio que termine condicionando la autoridad del seleccionador. Jorge Jesus debe poder decidir si Cristiano juega 90 minutos, 30 o ninguno.

La selección pertenece a Portugal. Cristiano lo sabe, aunque a veces parezca costarle aceptar todas las consecuencias de esa realidad.

Dos leyendas frente al momento de marcharse

Hay una frase del comunicado de Cristiano que me llamó especialmente la atención. Aseguró que habrá “uno o más partidos de despedida”, pero inmediatamente aclaró que todavía piensa en competir y ganar con Portugal. Si cumple la sanción que eventualmente reciba y mantiene su nivel en el Al Nassr, quiere regresar.

Y ahí vuelve a aparecer el contraste. Messi decidió que había llegado su momento y Argentina organizó una fiesta para decirle adiós. Cristiano todavía considera que su momento no ha llegado.

Tiene derecho a pensarlo. También Jorge Jesus tiene derecho a pensar otra cosa.

Durante casi dos décadas Messi y Cristiano fueron comparados por goles, títulos, Balones de Oro y récords. Ahora también los estamos viendo gestionar algo para lo cual ningún récord prepara a un deportista: comprender cuándo y cómo termina todo.

Messi salió del Monumental llorando mientras más de 85.000 personas gritaban su nombre.

Cristiano todavía pelea por decidir cómo será su última página. Ojalá Portugal consiga ofrecérsela como merece. Pero, después de lo ocurrido, Cristiano también tendrá que entender que una despedida no puede construirse únicamente a su medida.

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