
No era este el final que imaginábamos. No para Argentina. Mucho menos para Lionel Messi.
El último partido del mejor jugador de todos los tiempos con la camiseta albiceleste terminó con una derrota ante España y dejó una sensación todavía más dolorosa que el resultado. Argentina no perdió únicamente la Copa del Mundo. Perdió sin reconocerse, sin imponer su carácter y sin ofrecer esa última rebelión que muchos esperábamos de un equipo acostumbrado a sobrevivir cuando todo parecía perdido.
España fue mejor. Hay que decirlo sin excusas, conspiraciones ni consuelos artificiales. Jugó con mayor claridad, dominó el balón, ocupó mejor los espacios y entendió desde el comienzo qué partido quería disputar. Argentina, en cambio, pasó demasiado tiempo refugiada cerca de su área, incapaz de enlazar pases, presionar con orden o incomodar de verdad al rival.
La derrota fue lógica. Y precisamente por eso duele más.
El último baile que nadie esperaba
Messi había convertido este Mundial en una última aventura contra el tiempo. A los 39 años, volvió a competir en el escenario más grande, cargando sobre los hombros la esperanza de un país y la ilusión de millones de aficionados que queríamos verlo levantar una Copa más.
Pero su despedida no tuvo la épica soñada.
Durante buena parte de la final se le vio distante, sin la energía ni la influencia de otras noches. Caminó demasiado lejos de la pelota, intervino poco y apenas pudo dejar algunas chispas del futbolista que cambió para siempre este deporte. Incluso en acciones que parecían escritas para su zurda, Argentina buscó otras soluciones. Fue extraño. Casi irreal.
No fue solamente que Messi no marcara o que Argentina perdiera. Fue la imagen de un genio incapaz de modificar el rumbo de su última batalla.
Quizás el cuerpo finalmente le recordó que el tiempo siempre gana. Quizás España supo neutralizarlo. Tal vez Argentina llegó agotada después de un Mundial en el que debió resistir demasiado. Lo cierto es que el último baile fue triste, apagado y profundamente humano.
España ganó la final que quiso jugar
Reconocer la superioridad española no disminuye la trayectoria argentina. Al contrario, engrandece el fútbol.
España buscó el partido. Argentina intentó evitar que sucediera. El equipo de Lionel Scaloni pareció apostar durante demasiado tiempo por resistir, cerrar espacios y esperar una oportunidad aislada o la llegada de los penales. Esa estrategia pudo funcionar, pero habría sido injusta con lo ocurrido sobre el terreno.
El campeón fue el equipo que quiso jugar, que tuvo la pelota y que asumió riesgos. Argentina ni siquiera logró rematar a puerta durante 117 minutos. Cuando intentó reaccionar, ya estaba atrapada en su propia prudencia.
España levantó la Copa porque hizo más para ganarla.
Se cierra una era irrepetible
Esta derrota marca mucho más que el final de un Mundial. Cierra una era.
Messi se retira de la selección con una Copa del Mundo, bicampeón de América, líder de una generación extraordinaria y símbolo de una reconciliación emocional con su país. Durante años fue cuestionado por no reproducir con Argentina todo lo que conseguía en Barcelona. Después respondió de la única manera posible, ganando.
No necesitaba esta final para convertirse en leyenda. Tampoco necesitaba otra Copa para demostrar que ha sido el mejor.
Su grandeza no depende de esta última noche. Está en las décadas de talento, en los goles, en las asistencias, en las derrotas que soportó y en la manera en que siempre volvió. Está en haber hecho del fútbol una forma de arte y en haber llevado a Argentina desde la frustración hasta la gloria.
Por eso, aunque hoy duela, no quiero despedirlo desde la tristeza.
Ha terminado el reinado de Messi con la selección. Argentina tendrá que aprender a jugar sin él y nosotros tendremos que acostumbrarnos a mirar el campo sin buscar inmediatamente el número 10.
Ha caído el rey.
Viva para siempre el rey.
