
Matanzas barrió 4-0 a Las Tunas en la final de la 64 Serie Nacional de béisbol y cerró el torneo con autoridad. Antes había aplastado a Sancti Spíritus en cuartos de final y había protagonizado una semifinal memorable ante Industriales, que parecía tenerlos contra las cuerdas, en el sexto partido.
Pero el desenlace deportivo, brillante para los Cocodrilos, no puede analizarse aislado del contexto. Este campeonato se consuma en lo que, sin exageración, puede considerarse la peor Serie Nacional de la historia.
Un campeón incontestable
Si algo no admite discusión es que Matanzas fue, por amplio margen, el mejor equipo del torneo cuando realmente importaba. En la final, desnudó todas las carencias del pitcheo tunero. En el cuarto juego, ocho bateadores consecutivos conectaron hit en la primera entrada, igualando un récord histórico de postemporada que pertenecía a Industriales desde 2010. Ocho imparables. Siete carreras. Golpe letal.
Los números son demoledores. Matanzas cerró la postemporada con récord de 12-2, diferencial de carreras de +58 (115 anotadas por 57 permitidas). Su rotación trabajó para 1.96 de efectividad en playoffs. No fue casualidad: fue dominio sostenido.
En ofensiva, el aporte de los refuerzos fue determinante. Yurisbel Gracial terminó con un astronómico .589 de OBP y 1.351 de OPS en la postemporada. Ariel Martínez añadió poder oportuno y profundidad. Eduardo Blanco, el MVP (quien ni siquiera fue invitado a formar parte del equipo cubano que jugará un tope de preparación ante Nicaragua), apenas se ponchó dos veces en 62 apariciones. Eso, en el béisbol actual, es casi una rareza.
Pero más allá de los nombres, lo que distinguió a Matanzas fue la profundidad. No había respiro en la alineación. No había turno cómodo. Fue un equipo completo.
El único momento en que Matanzas estuvo realmente contra la pared fue ante Industriales. Y allí mostró su carácter. Perdían 9-4 en el sexto juego, con un out por conseguir los Leones. Cinco carreras abajo en el noveno inning. Parecía sentencia. Sin embargo, vino una de las remontadas más dramáticas que se recuerden en playoffs recientes. Industriales dejó escapar el juego y la serie. Desde ahí, Matanzas no volvió a mirar atrás.
El derrumbe tunero y el fin del sueño
Las Tunas llegaba buscando un tricampeonato que lo colocara junto a las grandes dinastías del béisbol cubano. Pero la final fue una pesadilla. Sus abridores trabajaron apenas 8.2 innings en cuatro juegos, con 15.58 de efectividad colectiva. Batearon .125 con corredores en posición anotadora en la final. En los últimos 14 innings ofensivos no anotaron carrera. No fue solo que perdieron. Es que fueron superados en cada departamento.
La peor Serie Nacional de la historia
Y sin embargo, la historia de esta 64 Serie Nacional no se resume solo en el campeonato de Matanzas. Fue un torneo marcado por problemas logísticos constantes. Partidos suspendidos que se acumularon y se jugaron al final en condiciones irregulares. Equipos que estuvieron semanas inactivos. Decisiones administrativas que afectaron la competitividad.
Hubo múltiples juegos confiscados por errores de dirección. En medio del campeonato fue destituido el mentor santiaguero Eddy Cajigal, un hecho inédito en plena temporada. Villa Clara logró clasificar tras una racha de nueve victorias consecutivas en un tramo final comprimido y distorsionado por el calendario. Y el colofón fue insólito.
Por primera vez en la historia, una final se jugó íntegramente en terreno neutral: el Estadio Latinoamericano, en La Habana. No hubo juegos en Matanzas ni en Las Tunas. No hubo fiesta en casa. La razón fue tan simple como devastadora: no había combustible suficiente para trasladar a los equipos hacia sus provincias.
Eso deslució el espectáculo. Privó a las aficiones del cierre en sus estadios. Le quitó mística a la final. Fue la imagen perfecta del deterioro estructural que atraviesa el béisbol cubano.
Matanzas celebra su segundo título bajo la dirección de Armando Ferrer. Ambos campeonatos llevan su sello. Ambos confirman que, cuando el equipo ha estado bien construido y bien dirigido, ha sabido responder. Pero el trofeo no puede tapar la realidad.
La 64 Serie Nacional deja un mal sabor de boca en muchos aficionados. Más allá del mérito deportivo del campeón, el torneo exhibió la fragilidad organizativa, la precariedad logística y la pésima conducción desde la Federación y la Comisión Nacional.
Matanzas fue, sin discusión, el mejor. Arrasó cuando tuvo que hacerlo. No dejó dudas. Pero su corona queda inscrita en una temporada que será recordada tanto por su campeón como por el profundo deterioro que evidenció.
Y eso, para un país que respira béisbol, debería ser motivo de reflexión urgente.
