
La polémica volvió a estallar cuando Garry Kasparov, uno de los más grandes ajedrecistas de la historia, declaró que el título mundial de Dommaraju Gukesh “no era el mismo” que el suyo, el de Karpov, Fischer o Magnus Carlsen. Para el “Ogro de Bakú”, la “era de los campeones clásicos” terminó cuando Carlsen decidió abandonar el trono, y desde entonces el título carece del mismo peso histórico.
La frase golpea fuerte porque viene de una voz de enorme autoridad. Kasparov no solo es recordado por sus duelos épicos con Anatoli Karpov, sino también por ser un referente del ajedrez moderno. Pero, en este caso, su crítica hacia Gukesh merece ser puesta bajo la lupa.
El joven indio de 18 años se convirtió en el campeón mundial más joven de la historia al vencer en el match por la corona al chino Ding Liren, en 2024 (rompió el récord que pertenecía…a Kasparov). Nadie le regaló ese lugar. Antes, había conquistado el Torneo de Candidatos, superando a figuras del calibre de Fabiano Caruana, Hikaru Nakamura, Ian Nepomniachtchi, Alireza Firouzja y su compatriota Praggnanandhaa. La ruta hacia la corona fue legítima, transparente y siguió las reglas que la FIDE estableció.
Entonces, ¿qué se le reprocha? Kasparov sostiene que Gukesh aún no es el mejor jugador del mundo y que Magnus Carlsen sigue siendo, por todos los parámetros, el número uno indiscutible. Es cierto: Carlsen continúa reinando en la lista ELO y sigue demostrando su superioridad en cualquier torneo y modalidad en la que participe. Pero una cosa es ser el mejor jugador, y otra es ser el campeón mundial. Y aquí la distinción es fundamental: Carlsen renunció voluntariamente a su corona. No fueron Ding Liren ni Gukesh quienes eludieron enfrentarlo. Sencillamente, Carlsen prefirió no defender su título
Si seguimos el razonamiento de Kasparov, también deberíamos poner en duda la legitimidad de Anatoli Karpov, quien en 1975 heredó el título porque Fischer no quiso defenderlo. Y, sin embargo, nadie niega que Karpov sea parte de la historia grande del ajedrez. Tampoco cuestionamos a Botvinnik, quien retuvo su corona con reglas hoy vistas como injustas, o incluso al propio Kasparov, que en 1987 se mantuvo campeón gracias a un empate en el marcador en el match frente a Karpov.
La historia del ajedrez mundial está plagada de circunstancias excepcionales en las que las reglas del momento definieron quién era campeón. Nadie carga con un asterisco en su nombre por eso. Pretender que Gukesh sí lo haga sería un doble rasero.
Es evidente que detrás de las palabras de Kasparov también se esconde su enfrentamiento con la FIDE y su descontento con la forma en que se organiza el ciclo del campeonato mundial. Pero esa batalla política no debería salpicar a un adolescente que ha demostrado talento, disciplina y coraje para llegar a la cima.
En definitiva, Gukesh es un campeón mundial legítimo. ¿Es hoy el mejor jugador del mundo? No, ese título aún le pertenece a Carlsen. ¿Puede llegar a serlo? Probablemente, porque su carrera recién comienza. Pero lo que nadie debería discutir es que conquistó el trono siguiendo las reglas del ajedrez, como tantos campeones antes que él.
El tiempo dirá si este joven prodigio logra cerrar la brecha con Carlsen y consolidarse como el número uno. Mientras tanto, lo justo es reconocerlo por lo que es: el campeón mundial de ajedrez más joven de la historia, y un jugador que ya se ha ganado su lugar en la elite por mérito propio.