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Mi ebook «Capablanca, vida, anécdotas y batallas del campeón cubano»

José Raúl Capablanca parecía jugar sin esfuerzo. Esa fue, quizá, la mayor de sus virtudes y también el origen de numerosos malentendidos. La facilidad con la que encontraba la jugada correcta alimentó la idea de que nunca estudiaba, de que todo le llegaba por una intuición casi sobrenatural.

Sin embargo, detrás de aquella elegancia había una comprensión profunda del tablero, una memoria extraordinaria y una seguridad competitiva que muy pocos ajedrecistas han poseído.

Capablanca nació en La Habana en 1888 y aprendió las reglas mirando a su padre. Antes de cumplir los 13 años derrotó en un match a Juan Corzo, campeón de Cuba. Luego se abrió paso en Nueva York, venció con autoridad a Frank Marshall, ganó San Sebastián en 1911 y convirtió la disputa por la corona mundial en una espera de casi una década.

Cuando finalmente se sentó frente a Emanuel Lasker en La Habana, en 1921, no dejó dudas: cuatro victorias, diez tablas y ninguna derrota. Pero una vida no se explica solo por sus triunfos. Capablanca fue también el joven que pudo elegir el béisbol, el hombre seducido por los salones y las celebridades, el campeón que
levantó un costoso “muro dorado” para seleccionar a sus retadores y el genio que subestimó a Alexander Alekhine. La derrota de Buenos Aires en 1927 lo persiguió hasta el final. Buscó una revancha que nunca llegó y esa frustración transformó una rivalidad deportiva en una enemistad histórica.

Este libro, disponible en la librería Lulu, reúne y revisa siete textos publicados originalmente en Mi Columna Deportiva y otros medios en los que he colaborado. No es una biografía académica ni pretende abarcar cada partida del campeón. Es una crónica de momentos decisivos: la infancia prodigiosa, el desafío contra Boris Kostic, la conquista del título ante Lasker, la caída frente a Alekhine, la Olimpiada de 1939 y la relación excepcional con María Teresa Mora, su única discípula conocida.

Más de ocho décadas después de su muerte, el cubano continúa dialogando con cada generación. Sus finales siguen siendo material de estudio, sus partidas parecen modernas y su manera de simplificar posiciones complejas conserva una belleza difícil de describir. Capablanca no necesitaba llenar el tablero de fuegos artificiales. Le bastaba con colocar cada pieza en su sitio y esperar a que la lógica hiciera el resto. Estas páginas persiguen precisamente esa lógica: entender al hombre detrás del mito y al mito que todavía observa, desde la historia, cómo movemos las piezas.

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