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La reina del ajedrez, el legado de Judit Polgar y las sombras de un documental necesario

El ajedrez volvió a Netflix con la expectativa en lo más alto. Después del fenómeno cultural que supuso Gambito de dama, la plataforma apostó ahora por la historia real de la mujer que hizo tambalear los cimientos del establishment masculino del tablero: Queen of Chess, centrado en la vida de Judit Polgar.

Desde mi mirada el documental cumple una función histórica fundamental. Pero también deja vacíos que merecen ser discutidos. Porque hablar de Judit Polgar no es solo de la mejor ajedrecista de todos los tiempos. Es hablar de una ruptura cultural.

Judit Polgár y la demolición del prejuicio

En 1991, con apenas 15 años, Judit se convirtió en la Gran Maestra más joven de la historia, superando el récord de Bobby Fischer. No fue una casualidad. Fue el resultado de una determinación feroz y de un entorno diseñado —con luces y sombras— para fabricar excelencia.

El documental acierta al colocar en el centro los prejuicios de género que dominaron el ajedrez durante décadas. No eran insinuaciones sutiles: eran declaraciones abiertas. Fischer llegó a afirmar que las mujeres eran “terribles jugadoras”. En ese contexto, que una niña húngara derrotara sistemáticamente a Grandes Maestros hombres era una declaración política.

Judit nunca quiso competir en el circuito femenino. Rechazó la etiqueta. Quería jugar contra los mejores. Y lo hizo. Durante casi tres décadas fue la mujer mejor rankeada del mundo y entró en el Top 10 absoluto, algo que ninguna otra jugadora ha conseguido.

El documental recoge con eficacia imágenes de archivo, fragmentos televisivos y fotografías que reconstruyen esa épica. El ritmo es ágil, la edición es moderna, el material histórico es valioso. Se siente el peso de cada victoria en una época donde el machismo era estructural y explícito. Eso está bien contado. Y era imprescindible contarlo.

El exceso de Kasparov

Sin embargo, aquí comienza mi principal objeción. El protagonismo que adquiere Garry Kasparov es, a mi juicio, excesivo.

Por supuesto que su presencia es un lujo narrativo. Era el campeón mundial, el símbolo máximo del ajedrez masculino de elite. La famosa partida de 1994, en el torneo de Linares, con la polémica violación de la regla del “touch move” es uno de los momentos dramáticos más intensos del filme. Y la victoria de Judit en 2002 es histórica.

Pero el documental parece, en varios pasajes, girar alrededor de esa rivalidad. Como si la grandeza de Polgár necesitara validarse constantemente frente a Kasparov. Y no es así.

Judit derrotó a múltiples campeones mundiales y a decenas de Grandes Maestros de primer nivel. Su legado no se reduce a una narrativa de “enfrentó al campeón y finalmente lo venció”. Ese enfoque, aunque atractivo dramáticamente, reduce la amplitud de su trayectoria. Además, siendo honestos, esas partidas contra Kasparov no fueron necesariamente las mejores muestras del genio creativo de Judit. Su ajedrez fue mucho más amplio, más imaginativo, más agresivo que lo que el documental enfatiza. En ese punto, la estructura narrativa me parece desequilibrada.

Las hermanas Polgár, una historia apenas rozada

Otra ausencia notable es la profundidad en la relación entre las tres hermanas: Susan Polgar, Sofia Polgar y Judit. El experimento familiar no fue individual. Fue colectivo.

Las tres fueron formadas bajo la teoría de su padre, László Polgar, convencido de que “los genios se hacen, no nacen”. Las niñas entrenaban desde la mañana hasta la noche. Sin escuela tradicional. Sin vacaciones. Sin fines de semana.

El documental menciona esto, pero lo trata con cierta delicadeza. Con demasiada delicadeza. La relación entre hermanas en un contexto de competencia tan feroz merecía mayor exploración. ¿Hubo rivalidad? ¿Celos? ¿Tensiones? ¿Cómo gestionaron la desigual proyección internacional de cada una? ¿Cómo es hoy ese vínculo?

Es un terreno complejo, emocionalmente delicado, pero fundamental para entender la historia completa. Se echa en falta también una mirada externa, quizás desde la psicología o la sociología, que analice el impacto de ese experimento educativo. Todo queda dentro del universo del ajedrez. Y aunque ese universo es apasionante, no es suficiente para explicar la dimensión humana del fenómeno.

El padre y el experimento

Aquí entro en un punto más personal. No comulgo con la idea de imponer a un hijo el proyecto vital de los padres. Lo hemos visto en el deporte en otros casos —las hermanas Williams con su padre como arquitecto absoluto de sus carreras— y siempre genera debate.

László Polgár creó un laboratorio humano. Funcionó. Los resultados están a la vista. Pero el documental apenas roza el costo emocional de ese proceso. Solo en los minutos finales se insinúa la incomodidad de Judit cuando se le pregunta cómo se siente al haber sido parte de un experimento.

Ahí había una veta narrativa poderosa. Y quedó subexplotada.

A pesar de mis críticas, el documental es necesario. Es valioso. Es importante.

Vuelve a colocar al ajedrez en primera línea cultural. Lo presenta como actividad intelectual y deportiva de alto nivel. Recupera imágenes históricas que nunca había visto. Y, sobre todo, devuelve a Judit Polgar al centro del debate contemporáneo sobre género y excelencia competitiva.

Pero siento que se quedó en la superficie de algunos conflictos estructurales que podían haberlo elevado de buen documental a obra definitiva.

Judit no fue solo la mujer que derrotó a Kasparov. Fue la ajedrecista que demostró que la supuesta inferioridad femenina en el tablero era un mito construido por décadas de exclusión.

Rompió una barrera. Y aunque el machismo en el ajedrez ha disminuido, no ha desaparecido. Por eso su historia sigue siendo actual.

Queen of Chess cumple. Se disfruta. Se agradece. Pero la historia de Judit Polgar —como todo gran legado deportivo— es aún más profunda, más compleja y más revolucionaria de lo que el montaje final nos deja ver.

Y quizás, como en el mejor ajedrez, la mejor jugada quedó fuera del tablero narrativo.

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