
El Clásico Mundial de Béisbol nació para resolver una vieja deuda del juego: ofrecer un torneo verdaderamente global, con estrellas de Grandes Ligas que defendían sus banderas nacionales y una narrativa que trascendiera la Serie Mundial. Sin embargo, a semanas del inicio de la sexta edición, el principal protagonista no es un jonrón, ni un duelo de pitcheo, sino un concepto frío y técnico: el seguro. Y en ese terreno, World Baseball Classic está perdiendo credibilidad a una velocidad muy preocupante.
Cómo funcionan realmente los seguros en el Clásico Mundial
El mecanismo es simple en apariencia. Cada jugador de MLB que participa en el Clásico debe estar cubierto por una póliza que protege a su franquicia en caso de lesión durante el torneo. Si el pelotero se lastima, el seguro reembolsa el salario al equipo durante un período determinado: hasta dos años para jugadores de posición y cuatro años para lanzadores. El salario del jugador no corre peligro; quien asume el riesgo es la franquicia.
El problema surge en el filtro. Tras las lesiones sufridas por figuras como Edwin Díaz y José Altuve en el Clásico de 2023, las aseguradoras elevaron primas y endurecieron criterios. Cirugías recientes, estancias en la lista de lesionados de 60 días, procedimientos “preventivos” y hasta la edad —no se cubre a jugadores que cumplan 37 años dentro de la ventana asegurada— se han convertido en líneas rojas.
El resultado ha sido que estrellas en pleno rendimiento quedaron fuera de la edición de 2026 no por su presente deportivo, sino por su historial médico.
Puerto Rico, el daño colateral más evidente
Ningún equipo ha sufrido más ese endurecimiento que Puerto Rico. La federación local se encontró, a días de entregar el roster final, con que entre ocho y diez jugadores clave no habían sido aprobados por el seguro. Entre ellos, el capitán del equipo, Francisco Lindor, pese a haber disputado 160 juegos la temporada pasada y estar listo para el Spring Training.
Aquí aparece la grieta estructural del Clásico. Países con grandes bolsas de talento pueden reemplazar ausencias sin alterar demasiado su competitividad. Puerto Rico no. Su fortaleza histórica ha sido reunir a sus mejores ligamayoristas, no armar plantillas alternativas. Cuando ese núcleo se desmorona por decisiones administrativas externas, la competición deja de ser equitativa.
Por eso la amenaza de la Federación boricua de no participar en el Clásico Mundial no es un arrebato emocional, sino una advertencia política y deportiva. Competir sin tus figuras no es competir; es llenar un calendario.
La contradicción que erosiona al torneo
El Clásico es copropiedad de la Major League Baseball y el sindicato de jugadores. La MLB lo vende como vitrina global, pero al mismo tiempo permite que el seguro —gestionado por socios comerciales de la liga— determine quién puede o no representar a su país.
La contradicción es evidente: jugadores que pueden disputar 162 partidos de temporada regular, con viajes constantes y desgaste acumulado, son considerados “riesgo inaceptable” para un torneo corto, de máxima exposición y supervisión médica constante. El mensaje implícito es demoledor: el Clásico vale menos que un juego de agosto.
Peor aún, la percepción de trato desigual se instala cuando Estados Unidos anuncia rosters repletos de estrellas, mientras selecciones históricas del Caribe y América Latina ven recortadas sus opciones por criterios que parecen aplicarse con distinta vara.
Si el seguro define el acceso, el Clásico deja de ser un Mundial y se convierte en un evento condicionado por balances financieros, no por mérito deportivo. La consecuencia a mediano plazo es clara: federaciones que pierden incentivos, aficiones frustradas y un producto que se vacía de su promesa original.
Puerto Rico hoy es el caso más visible; pero la situación de los seguros también ha afectado a Venezuela (José Altuve no podrá participar). Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no será quién ganó el torneo, sino qué tan mundial sigue siendo.
El Clásico Mundial necesita algo más que marketing y estadios llenos. Necesita reglas claras, criterios transparentes y, sobre todo, coherencia entre el discurso y la práctica. Si la MLB quiere un torneo legítimo, debe asumir parte del riesgo que hoy traslada al seguro. De lo contrario, seguirá organizando un torneo brillante en apariencia, pero frágil en su esencia.
