
A sus 12 años Faustino Oro vuelve a confirmar que no es una promesa, sino una realidad del ajedrez mundial. Su reciente segunda norma de Gran Maestro, conseguida en el IV Magistral Szmetan-Giardelli de Buenos Aires, de categoría XII, es un nuevo hito en su carrera.
En la última ronda del evento, con piezas negras, ante el experimentado GM Diego Flores —ocho veces campeón argentino—, Oro firmó unas tablas de enorme madurez. No fue un empate cómodo ni especulativo, sino el resultado de una partida tensa, larga. Ese medio punto le permitió alcanzar las 5,5 unidades necesarias para lograr su segunda norma de GM.
En ajedrez, las normas no se regalan. Exigen rendimiento, rivales duros, consistencia. Oro cumplió con todo: enfrentó a grandes maestros como Alexei Shirov, Ivan Cheparinov o Aryan Tari, terminó invicto y firmó una actuación que confirmó su crecimiento competitivo.
A un paso del sueño… y mucho más allá
Con esta segunda norma, Faustino Oro queda a solo una de obtener el título máximo del ajedrez. El calendario aprieta y las comparaciones se disparan. El récord vigente del Gran Maestro más joven pertenece al estadounidense Abhimanyu Mishra, logrado con 12 años, 4 meses y 25 días. Oro tiene una ventana de tiempo real para intentarlo.
Pero aquí conviene frenar la ansiedad. Porque incluso si esa tercera y definitiva norma no llega dentro del margen que exige la historia estadística, el recorrido de Faustino Oro no pierde ni un gramo de valor. El ajedrez no se mide solo en fechas y certificados. Se mide en comprensión del juego, en capacidad de competir, en proyección real hacia la elite. Y en ese terreno, el argentino ya ganó.
De la pandemia al primer plano mundial
Hay trayectorias que parecen guiones de ficción. Oro aprendió a jugar durante la pandemia. En pocos años se transformó en el Maestro Internacional más joven de la historia y hoy supera los 2500 puntos de Elo, el umbral que exige la FIDE para el título de Gran Maestro. Su progreso no fue abrupto ni caótico.
Quienes lo siguen de cerca destacan su estilo universal. Faustino no depende de trucos tácticos ni de aperturas sorpresa. Comprende las posiciones, defiende con precisión, sabe esperar. En un ajedrez moderno dominado por la preparación informática, esa capacidad de leer el tablero es un activo mayor.
El récord es anecdótico, el talento es estructural
El debate está servido: ¿qué pesa más, ser el más joven o ser realmente grande? La historia del ajedrez ofrece ejemplos claros. No todos los prodigios precoces llegaron a la cima, y muchos campeones legendarios no rompieron récords de edad. El caso de Oro parece caminar en la dirección correcta: la de un talento que se construye a largo plazo.
Incluso figuras históricas han puesto el foco en su proyección, no en el calendario. Comparaciones con Capablanca, menciones de Kasparov, elogios de grandes maestros activos. Nada de eso surge por marketing. Surge porque Faustino Oro juega ajedrez de verdad.
Lo que viene importa menos que lo que ya es
Los próximos meses lo llevarán a torneos de primer nivel, a desafíos mayores, a partidas donde ya no será “el niño prodigio”, sino un rival incómodo para cualquiera. La tercera norma de GM puede llegar pronto… o no. Pero el mensaje es claro: Faustino Oro ya hizo historia.
Porque en un deporte donde el talento suele necesitar décadas para madurar, él llegó antes. Y porque, con o sin récord, el ajedrez argentino y mundial ya tiene en él a una de sus figuras más fascinantes del presente y del futuro.
