José Raúl Capablanca, 125 años de un genio enamorado

Quizás una de las historias más repetidas sobre José Raúl Capablanca sea la que lo coloca como un niño prodigio que aprendió a jugar solo, apenas con 4 años; pero, ¿cómo fue que ocurrió este aprendizaje? Comparto la anécdota que refleja Jorge Daubar, en su biografía sobre el genial ajedrecista. José María Capablanca era comandante del Ejército español y en las noches solía recibir visitas de sus amigos militares en la casa. Por lo general las visitas terminaban con una partida de ajedrez. El niño José Raúl acostumbraba a sentarse cerca del tablero y observaba en silencio el desarrollo de los encuentros, en los que su padre casi siempre salía triunfador. Una noche José María enfrentó y derrotó a un general español. Fue a despedirlo hasta la puerta y cuando retornó a la habitación, encontró que José Raúl había reproducido, de memoria, la partida, hasta una posición crítica, en la que el caballo había realizado una intrépida maniobra.

Ante la lógica pregunta del padre, José Raúl tomó el caballo con su mano y le mostró que esa pieza no podía haberse desplazado así. “Eres un tramposo”, dijo el niño y de inmediato recibió una fuerte recriminación del padre, quien alegó que aquella afirmación era una falta de respeto. Entonces José Raúl repitió tres veces consecutivas el movimiento equivocado del caballo para mostrarle el error a José María. Este tardó un tanto en reconocer su pifia; pero tuvo que rendirse ante la clara evidencia. ¿Cómo tú sabes eso? ¿Cómo aprendiste a mover las piezas?, preguntó el asombrado papá. La respuesta del niño fue simple: “Mirándote jugar”. De esta forma comenzó la Leyenda de José Raúl Capablanca en el ajedrez. El resto lo conocemos: campeón de Cuba a los 13 años, titular mundial a los 32 y una de las figuras más célebres y estudiadas de todos los tiempos en el juego ciencia.

El ajedrez sin dudas fue lo más importante para Capablanca; pero durante su juventud poco faltó para que el cubano cambiara los tableros por los terrenos de béisbol.  A mediados de la primera década del siglo XX José Raúl partió hacia Estados Unidos, para estudiar ingeniería química, en la Universidad de Columbia.

En realidad esta carrera no le interesaba para nada al cubano; pero sus padres lo habían forzado a aceptar la propuesta de un amigo de la familia, Ramón Pelayo quien esperaba que, después de graduado, Capablanca retornara a Cuba para trabajar…en un central azucarero. El joven genio matriculó en la Universidad de Columbia; pero él ya sabía que su vida no estaba destinada a los laboratorios químicos. Su estancia en Nueva York incluía una presencia constante en el Manhattan Chess Club y también múltiples juegos de pelota.

Capablanca defendía la primera base. Era zurdo y parece que sus habilidades naturales llamaron la atención de los caza talentos del béisbol profesional. Reconoce Jorge Daubar en la biografía de Capablanca que en una ocasión, luego de concluido un desafío en el que la Universidad de Columbia derrotó a la de Yale, al cubano se le acercó un agente reclutador de los prestigiosos Yankees de Nueva York. El hombre le expresó el interés de la organización de firmarlo como jugador profesional.

Además, el buscador de talentos le prometió una suma importante de dinero. Aquella podría ser una excelente oportunidad, le aconsejaron sus compañeros en el equipo; sin embargo, el béisbol para Capablanca era un simple pasatiempo, así que, por suerte para el ajedrez, el prodigio desestimó la oferta de los Yankees y algún tiempo más tarde abandonaría los estudios universitarios para dedicarse, por completo, al juego ciencia; aunque esta decisión provocó no pocas recriminaciones de la familia Capablanca Graupera, que esperaba ver a su hijo convertido en un científico.

Mucho se ha hablado de la influencia que tuvieron las mujeres en los resultados ajedrecísticos del cubano. La prensa lo asoció en no pocas ocasiones con famosas y bellas actrices quienes parecían siempre dispuestas a robarle tiempo y concentración. Las fotos muestran que Capablanca no era mal parecido, además, su condición de genio y la cultura general que había adquirido atraían a las celebridades. Esto, lógicamente, no agradaba a la mujer que más tiempo compartió con Capablanca, su primera esposa, Gloria Simoni.

Capablanca y Gloria se conocieron en 1919. Ella era camagüeyana, sobrina de Amalia Simoni, la mujer que tuvo con Ignacio Agramonte un amor imperecedero. Recuerda Jorge Daubar en su libro que Capablanca quedó impresionado por la belleza de Gloria y la cortejó hasta convencerla de la sinceridad de sus sentimientos. El noviazgo se extendió por dos años. En 1921 Capablanca venció en La Habana a Enmanuel Lasker y finalmente alcanzó el tan ansiado título de campeón mundial de ajedrez. Entonces el monarca, de 32 años, muchos más que Gloria, decidió que era el momento oportuno para el casamiento. Ordenó la construcción de una casa, en el reparto La Ceiba y envió invitaciones a todos sus amigos.

La ceremonia religiosa fue ampliamente reflejada en las crónicas sociales de los periódicos. La pareja pasó su luna de miel en el balneario de San Diego de los Baños. Todo parecía marchar perfectamente; pero la relación no terminó de la mejor manera.

Capablanca y Gloria tuvieron dos hijos y aunque José Raúl siempre fue un buen padre, en realidad no pasaba mucho tiempo en casa, pues sus continuos viajes, para intervenir en torneos en Europa y Estados Unidos, lo alejaban durante largos períodos de tiempo del hogar.

Los desencuentros con Gloria eran frecuentes. Ella creía, muchas veces con razón, que José Raúl le era infiel. Tal vez el ejemplo más publicitado ocurrió durante el match por la corona mundial, efectuado en Buenos Aires, en 1927. Capablanca era el gran favorito para derrotar al ruso nacionalizado francés Alexander Alekhin; pero el cubano se confió demasiado, apenas estudió el juego de su contrario y para sorpresa del universo ajedrecístico, cayó derrotado por 6 a 3. ¿Hubo algún otro elemento fuera de los tableros que influyó en el resultado final del duelo? Jorge Daubar cuenta en su biografía sobre Capablanca que antes de que comenzara el match, el cubano conoció a la entonces famosa actriz argentina Gloria Guzmán. El romance fue público y notorio y la prensa local asoció el primer revés del cubano a su poco descanso previo. La presencia, en primera fila, de la Guzmán en la segunda partida quizás haya influido en las tablas acordadas en una posición que era favorable a Capablanca.

Hasta los más serios periódicos argentinos se encargaron de publicitar el romance. Capablanca lució mal a lo largo de todo el match. Le faltó concentración, se adormilaba en las partidas y terminó pagando un precio altísimo por sus deslices. Perdió la corona mundial y Alekhine nunca quiso ofrecerle la revancha; además, aunque intentó recomponer su matrimonio con Gloria Simoni, una década después llegó el divorcio. Durante su último viaje a Rusia, Capablanca conoció a otra bella mujer, Olga Chagaev y poco después la convirtió en su segunda esposa. Desde La Habana no cesaban las recriminaciones de Gloria, quien le exigía constantemente a su exmarido grandes sumas de dinero.

La vida disipada y de poco ejercicio físico le provocó a Capablanca serios problemas con la presión arterial. La compleja situación familiar también pudo haber influido, reconoce Jorge Daubar, en el triste desenlace del 8 de marzo de 1942, cuando José Raúl se desplomó en el Manhattan Chess Club y nunca más recobró el conocimiento. Tenía 54 años. A su lado, en el hospital, estaba Olga Chagaev quien acompañó el cuerpo de su marido en su último viaje de regreso a La Habana. Al pie de la escalerilla de la fragata “José Martí”, enviada expresamente por el entonces presidente Fulgencio Batista a Nueva York, para buscar el cadáver del genio, estaban los dos hijos de José Raúl Capablanca.

“Es imposible comprender el ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca”, dijo una vez el ruso campeón mundial Mijaíl Botvinnik, otro de los genios del juego ciencia. Las partidas de Capablanca continuarán siendo estudiadas y no pocos ajedrecistas de la elite tienen al cubano como una verdadera Leyenda del ajedrez.

Miguel

Periodista, profesor univeristario. Bloguero empedernido