Las barras bravas ensucian al deporte

Les temen aquellos que se sientan o gritan a su lado en el estadio. Sus acciones también provocan resquemores entre futbolistas y árbitros. Los llaman “barras bravas” en Argentina, “tifosis” en Italia o “hooligans” en Inglaterra y aunque están separados por distancias geográficas, los une un propósito similar: llevar la violencia y corrupción al deporte y convertir a las instalaciones en campos de batalla. ¿Cómo detener a estos malos fanáticos? Esa es una pregunta que atormenta a las autoridades en diversas partes del mundo.

El fútbol en Argentina se vive con una enorme intensidad. Existen múltiples categorías y los chicos sueñan con parecerse a Maradona o Messi; sin embargo,  en ese país pocos lugares son considerados tan peligrosos como un estadio de fútbol. No resulta extraño presenciar peleas, amenazas, apuestas ilegales, reventa de entradas y todo esto ante la mirada ajena de los que deberían velar por la seguridad de ese deporte.

Las barras bravas no son un fenómeno novedoso y sus actividades ilícitas comenzaron en la década del setenta del siglo pasado. En aquel momento los clubes profesionales los contrataban para que cumplieran diversas “tareas”, desde espionaje al contrario, hasta presión a los propios jugadores del equipo con bajo rendimiento. Quizás en un principio la “iniciativa” funcionó; pero ahora la situación está fuera de control. El Frankestein del fútbol argentino llegó a la mayoría de edad y ya no quiere obedecer al “amo”.

La lista de acciones completadas por las barras bravas es, lamentablemente, muy extensa y tal vez la última haya sido de las que tuvo mayor repercusión mediática. Después de un pésimo torneo, River Plate, uno de los equipos emblemáticos de Buenos Aires, necesitaba derrotar a Belgrano de Córdova para mantenerse en la primera división. El primer desafío terminó abruptamente cuando las barras bravas penetraron en el terreno, con la abierta intención de golpear a futbolistas y  árbitros. Para la vuelta, los “líderes” de esa barra decidieron tomar “medidas más serias” y hablaron con el árbitro principal, Sergio Pezzotta: “Si River no gana, de acá no salen. Inventen algo, den un penal porque de acá no salen.”

El árbitro no se dejó influir y ante el estupor de las barras, River descendió a la segunda categoría. Los cuatro que profirieron las amenazas terminaron ante un juez que los procesó, sin prisión preventiva.

Las “batallas” de las barras no son solo contra los fanáticos rivales, sino que entre ellas mismas existen grandes disputas. En La Bombonera, el estadio donde juega Boca Juniors, se encontraron dos “reconocidos” líderes de las barras. Uno volvía de la prisión, luego de estar encerrado durante tres años por la agresión física a fanáticos de otro club y quería recuperar parte de su ganancia, es decir, más entradas para revender y el cobro del parqueo de los carros fuera del estadio. Pero su lugar ya estaba ocupado por otra persona que no estaba dispuesta a ceder sus “derechos”, así que comenzó una colosal pelea que concluyó con el destrozo de partes de la instalación.

Los dos cabecillas también fueron a juicio y la medida fue “ejemplarizante”: no podrán entrar a ningún otro estadio de fútbol en Argentina. Su respuesta fue inmediata: continuaremos dirigiendo a las barras desde fuera.

No obstante, parece que esa decisión judicial, a pesar de ser tan leve, fue bien recibida por los dirigentes deportivos y el vicepresidente de Boca Juniors, José Beraldi, declaró que ellos “se sentían contentos porque trabajamos mucho para que la gente de Boca pueda seguir alentando a su equipo en La Bombonera.” Ellos podrán trabajar mucho; pero, ¿cómo garantizarle al padre que lleva a su hijo al estadio que el regreso a casa, después del partido, será sin complicaciones?

Este es un breve relato de lo que ocurre en Argentina, donde los grupos violentos están a la vista de todos y se consideran intocables; sin embargo, no es un problema solo de ese país, ni tampoco exclusivo del fútbol. En Cuba también deberíamos preocuparnos, con mayor fuerza, por lo que ocurre en las canchas de fútbol, las salas de baloncesto y los estadios de béisbol. Aunque no tengamos, afortunadamente, barras bravas, sí hay malos fanáticos que pretenden ensuciar al deporte.

Publicado en Cubasí

Miguel

Periodista, profesor univeristario. Bloguero empedernido